Un Cuento: leído acompañado de la canción “Time Flies” de Lykke Li

Tras una serie de noches sin descanso y repletos de sueños de él en los que la buscaba y se sentaba con ella, en silencio y con una mirada llena de palabras, en los que ella sólo lo miraba con mucho cariño y paciencia y le aseguraba que esperaría a escuchar lo que fuera que quería decir. En una mesa y sillas de madera, en una iglesia, en una oficina o departamento… ahí se encontraban cada noche y cada noche el mismo ritual. Ella sólo lo miraba con paciencia.

Ahora no tuvo otra opción que volver su mirada a su herida, ya cosida y desinfectada hace mucho… llevaba meses, casi un año desde que la herida se había hecho costra, la costra se había convertido en carne con relieves, un poco menos parejo que el resto de su piel. Ahora sólo era un recuerdo de una despedida repudiada y nauseabunda un día de invierno. Los estragos que le habían causado esa pequeña herida estaban en su pasado y así le gustaba y así tenía que ser.

y ella lo repetía así, quizás más de lo que ameritaba…

Ahora, volvía a mirar la herida, lo recorría con sus dedos y sabía que tenía que dejarla sangrar otra vez. Sus ojos miraban el espacio reencarnado con desapego y enojo, -no sería fácil arrancar esa piel otra vez… cuál fue su asombro que con sólo rozar la herida, se volvió a abrir y comenzó a correr la sangre. Ya no había vuelta atrás, tenía que fluir para que esta vez sanara bien y se imaginaba como fluían los recuerdos y las partículas que él había dejado en ella, salían días de campo y fotos, canciones, besos y cosquillas, vestidos y primeras miradas, corbatas rosas y cerezas, abrazos fuertes y llamadas perdidas, teléfonos de zapato, primer beso y primer abrazo. Lo que dolió más fue cuando se salió una presa por la vena que parecía demasiada angosta para contener tal construcción. También se escaparon el león y la libélula que jugaban en su pecho y que le traían otros tantos recuerdos de ese breve encuentro. Parecía que había sido en otra vida, sin embargo todo estaba en el piso, frente a ella, montando un espectáculo estelar, ¡fluyeron una carpa de circo y payasos! Engendro tras engendro, salieron a bailar y cantar. Todos estos seres y recuerdos a sus pies, brincando y viviendo afuera de ella, frente a sus ojos maravillados de niña!!! Y bien, era de esperarse, su niña salió también a jugar con los payasos y las llamadas perdidas, los mensajes y las cerezas, ella corría y explotó de la felicidad! Por fin podía jugar con todos los recuerdos que habían sido guardados en un baúl en el fondo del tórax, detrás de los pulmones. Por fin podía ver los colores tan vivos y especiales, tal y cómo los había vivido.

También fluyeron lágrimas, con las que se escapó el viento del mar que tocó sus mejillas cuando caminaron por la playa… Arena entre los dedos y en los recovecos más incómodos, canciones y tomates.

Por fin, salió un dragón… grande y redondo. Se postró frente a ella, miró el concierto de memorias y también se unió a los juegos organizados por los payasos. Jugaron Rayuela con los tomates y aventaban portavasos como Frisbees.

La sangre seguía fluyendo, y su corazón se aceleraba de emoción, Salía algo más, algo grande también… LA MAGA! Ella miró la Maga con asombro… ahí estaba, en su habitación, se había materializado, tenía cabello color dorado con café y sus manos se veían trabajadas, pero cuando los tocó, eran tan suaves como cualquier malvavisco. Se saludaron y se entendieron, la Maga oportunamente corrió hacía uno de los payasos y convocaron al grupo para formar una pirámide de recuerdos, cuando estaba lista sólo esperaron el grito de la niña para caer en risas.

Jugaron toda la noche mientras salían más y más recuerdos, palabras y voces, cuentos y dichas. Se asustaron mucho cuando el dragón los miró y dijo que el juego de hoy estaba por terminar, porque saldría el último recuerdo, el recuerdo que hizo la herida… era hora de mirarlo otra vez, reconocer esa sensación de náusea y cómo la sangre corría de sus dedos y brazos hacía el centro de su cuerpo, como cuando el mar se retrae preparándose para correr hacía una ciudad. Salieron las palabras de esa tarde, el abrazo, la decepción de una despedida que maldecía y se esforzaba por aceptar… es que me estoy enamorando (pero no, ya estaba enamorada), y sabía otra vez que tenía que dejarlo partir y que cada quién haría su camino de ese momento en adelante. Sentía nauseas y dolor. No sabía si algún día se volverían a ver, no quería pensar en que no volverían a compartir y hacer nuevos recuerdos. Entregó su amor a los cosmos y un paquete a la luna, un regalo que se abriría si algún día se volvieran a encontrar.

Volvió a mirar su cara y su nariz, miró sus ojos y podía ver su alma otra vez, sintió sus brazos y la rodearon, se sentó junto a ella, frente al circo de recuerdos que se había callado y miraba con ojos cuestionadores, la niña se acercó y le dio un beso en la nariz, lo abrazó y le dijo te amo y extraño jugar contigo, no se lo decía a él, sino al niño que vive dentro de él, se metió por sus ojos para sacarlo a ver la miríada de payasos y colores… Mientras ella y el, sentados, se voltearon frente a frente, nuevamente, no habían palabras, otro beso y una mirada igual que en sus sueños. Cierto, no había nada más que decir, sólo compartir el instante. El circo ya se había desinteresado y volvían a los juegos y bailes, la niña y el niño corrían entre los colores y se sumergían en la emoción. Ellos sólo se miraban y luego miraban el circo, luego la mirada tenía palabra, compartieron complicidades en algún momento y fue divertido y espectacular.

Y sin más, había llegado la mañana, ya los recuerdos se habían vuelto a guardar, los niños estaban con sus respectivos y ella abrió los ojos, la luz del sol entraba por su ventana y suavemente la despertaba y coloreaba sus brazos y nariz.

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